Recuerdos en un día memorable

OS CONTARÉ ALGO…

Con todo mi cariño, a mi abuelo Rafa.

Madre mía… Hoy hace ya treinta y tres años que Franco daba su último suspiro, ¿te acuerdas Rafa? ¡Cómo no acordarte! Un día alegre para España, la dictadura había muerto y tú conseguiste lo que anhelabas desde hacía siete años. Por eso me tienes aquí con las flores y tu botella de reserva, que no falte. ¡Una copita para celebrarlo!

Parece que fue ayer cuando llamaste al timbre. Eran las tres y media y como siempre a esas horas estaba fregando los platos, aunque con la televisión encendida escuchando aquel fallecimiento tan esperado. Fui a abrir la puerta con el trapo secándome las manos y el miedo que tenía, por lo que pudiera pasar, se derrumbó al instante cuando te vi allí. No reaccioné, pero al segundo me tiré a tus brazos. Solías olerme el pelo cuando me abrazabas quitándome la pinza si lo llevaba recogido, y ese día no fue menos.

Después de siete años viéndote tan solo media hora al mes con toda la tropa, no me creía que te fueran a soltar. “¿Me vas a dejar entrar?”, preguntaste. No me importó que estuvieras sin afeitar, con aquel pijama gris maloliente, sucio y algún moretón en la cara. Solo reía a la vez que lloraba por tenerte con nosotros por fin. “¿Vuelves para quedarte?”, te pregunté. Y tú respondiste: “Para siempre, mis piernas bonitas”. Mamen apareció en ese momento y te quedaste quieto mientras brotaban de tus ojos lágrimas y más lágrimas, esa vez de felicidad. Fue la segunda ocasión que te veía llorar en toda mi vida.

Solías cogerla en brazos y la tirabas al aire porque te encantaba cómo se reía, “una risa contagiosa”, solías decir. Pero tienes que reconocer que la que más te llegaba al corazón era tu Rosita. Ay Rafa, ojalá vieras ahora en qué mujer se ha convertido… Ese día estaba la casa muy revuelta: Rosita se casaba en diez días y todavía no tenías traje para acompañarla hasta el altar. Y no era una sorpresa, ninguno sabíamos cuándo te iban a soltar de aquel sitio tan frío, sucio, lleno de rejas… Nada… No quiero ni recordarlo. Has sido siempre tan honrado, tan honesto contigo mismo, con tus ideas, que por hacer valer tu libertad de expresión y de pensamiento, por no callarte, porque nunca callabas cuando se trataba de política y creías que tu causa era más justa, mira qué te pasó… Me sigo enfadando pero merece la pena recordarlo, para algo estamos brindando, ¿no?

Después de darte un baño solías fumarte un cigarro de la marca Rex, un tabaco negro que odiaba y que, por cierto, te daba igual, seguías tragándotelo, sentado en tu hamaca favorita de la terraza. No te importaba que hiciese frío. Era tu sitio, donde te sentías relajado y podías pensar, como solías recordarme constantemente. Cuántas noches te regañaba porque podías enfermar por hacer esas locuras en pleno noviembre, casi en invierno o en el mismo invierno, te daba igual. Pero aquella maravillosa noche salí contigo. Me sentaste en tu regazo y juntos oímos los gritos de muchachos que repetían una y otra vez que Franco había muerto. Y tu añadías: “Y España ha vuelto a nacer”.

Escuchaste la puerta que crujió al abrirse y acto seguido te levantaste. Rosita acababa de llegar. Cuando te vio, te sonrió muy tímida y enseguida se abalanzó a ti. Tú, apenas en un susurro, dijiste: “mi rosa más bonita del jardín”. Y ella, para variar, sin contestar. Pero a ti eso nunca te sentaba mal porque en cierto modo te veías en sus ojos y ¡qué demonios! Es tu hija y desde luego en eso no se me parece.

Cuando me metí en la cama, estabas todavía acostando a la tropa. Había transcurrido tanto tiempo desde la última vez, que se me olvidó tu cuento de piratas y sirenas que les relatabas antes de dormir. Esa noche Mamen no paraba de preguntarte si irías al día siguiente a despertarla, si estarías en casa, si te volverías a ir de vacaciones sin llevarla contigo. Tan solo cuatro años y era más lista que ninguno de sus otros seis hermanos.

Volviste a la cama. Aquella luna del 20 de noviembre de 1975 fue testigo del sueño que anhelaba tanto se hiciera realidad: volver a dormir a tu lado, ocupando toda la cama y poniéndome tu pierna izquierda encima de las mías: “Un acto de posesión”, decías mientras sonreías de forma traviesa como un niño.

Bueno Rafa, ya va siendo tarde y como beba otro sorbo más de vino, a ver cómo llego a casa, aunque estoy segura de que me acompañarás, porque siempre me guías. Volveré pronto.

Carmen dio un beso a la lápida de su difunto marido y se fue con un resplandor a su lado.

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Como la semana pasada os hablé, de forma cómica, de los tipos de narradores, he decidido hoy regalaros esta bonita historia: Recuerdos en un día memorable. Fue mi primera publicación en mi faceta de escritora. Es un pequeño relato que escribí en honor a mi abuelo Rafa, el escritor de la familia, y que me publicó una escuela de escritores en un libro de cuentos, Esa cosquilla molesta, en el año 2009. ¿Qué os ha parecido? Espero que lo hayáis disfrutado!

Feliz fin de semana!!

Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá amando. Tagore.

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